En busca de la felicidad.

Te distraes en Internet, pinchas enlaces de aquí y allá (¿a quién no le ha pasado?) y te encuentras cosas como cuáles son los países más felices del Mundo. “¿Eso quién lo dice? ¿Eso cómo se sabe?”. Pues es curioso ver que depende de quién lo dice y de cómo se averigua, los resultados son polos opuestos.

La revista Forbes o la ONU afirman en sus informes que los países más felices de “este bar” son Noruega, Dinamarca o Finlandia y hasta sitúan a EE.UU. en décimo lugar. Para llegar a esta conclusión bareman un amplio número de estados según su economía, espíritu empresarial, gobierno, educación, salud, seguridad, libertad personal y capital social. Sostienen que en el caso de EEUU, país con la tasa de obesidad más alta del Mundo, el 90% de la población se siente satisfecha con su estado de salud, y creen que con trabajo duro se puede salir adelante en la vida.

Por otro lado el HPI (Happy Planet Index, o Índice del Planeta Feliz como lo llaman en español) analiza a 143 países y mide cuántos recursos del planeta usa cada nación, además del nivel de bienestar y expectativa de vida de los ciudadanos en cada lugar. Así, sitúa a Costa Rica en el primer puesto, al que le siguen países como República Dominicana, Jamaica, Guatemala o Vietnam.

Otros, en cambio, basándose en diversos aspectos que van desde la cultura hasta el clima o el paisaje sitúan en estos puestos a países mediterráneos o islas paradisiacas del Pacífico.

Es difícil, incluso diría osado, hacer una clasificación de esta índole. Desde mi punto de vista, el primer ejemplo está más relacionado con lo que nos dicen que es el “progreso” (traducción: dinero). He tenido la oportunidad de vivir en países que no entran en los primeros puestos de estas listas:

Polonia, un país que lucha desde hace años por su completa integración en la UE, su capital social no debe ser muy alto cuando hay familias que viven en habitaciones de antiguos edificios comunistas, ahora convertidos en residencias como las de estudiantes, porque no tienen oportunidad de vivir en una casa propia, y donde las libertades personales están aun algo cohibidas por su machacada historia y la constante presencia de la religión. Sin embargo, yo la solía llamar “la España del Este” por el carácter desenfadado y animado de su gente, que abarrota las calles para pasarlo bien en cuanto tiene oportunidad.

Otro ejemplo es Túnez, la salud de su población está un poco limitada por el índice de pobreza, el espíritu empresarial lleva años minado por las avaricias del ex-presidente y su familia y ahora por los problemas resultantes de una revolución. Pero la hospitalidad y el apoyo en la familia hacen en muchas ocasiones que la felicidad de sus habitantes no brille por su ausencia.

Estos dos casos me hacen pensar: ¿Da la el dinero la felicidad? No tengo muy claro ni siquiera si ayuda. En el caso de España, cuya gente está considerada de entre los más felices del Globo, hemos “disfrutado” de “vacas gordas” durante años, qué alegría y qué ricos éramos… Un momento, ¿qué felicidad nos está dando el dinero ahora? ¿Seguimos siendo tan felices en medio de nuestra sombra, “La Crisis”, o estamos poniendo en entredicho nuestra reputación?

En cuanto al método del HPI, el propio creador del informe aclaró en una entrevista para la BBC que no se trataba de un índice de felicidad: «No estamos diciendo que la gente que vive en estos países es la más feliz del mundo. Lo que hace el índice es medir la eficiencia ecológica que permitiría tener vidas prolongadas y felices para todos los ciudadanos». Y la tercera clasificación según el clima suena más al típico cartel de una agencia de viajes que a algo real.

Yo personalmente creo en el individualismo de la felicidad. Hace sólo unos meses caminaba por una calle del centro de Córdoba donde hacía unas compras, y paré en una panadería para comprarme algo de picar. Al lado había un hombre pidiendo dinero. No recuerdo cómo descubrí que pedía dinero, porque en realidad se pasaba el rato bromeando con los que pasábamos por allí sobre su propio aspecto, sobre la situación política de la ciudad e incluso con otros “compañeros de penurias”. Me pareció curioso ver cómo una persona en su situación no sólo no abandonaba el sentido del humor y la sonrisa sino que conseguía sacársela a los demás.

Se dice que la belleza está en el interior, podríamos aplicar el mismo dicho a la felicidad. Se suele escuchar que lo último que se pierde es la esperanza, aquí deberíamos añadir la sonrisa.

Luis Torres

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